reflexión domingo de ramos

DOMINGO DE RAMOS (Mc 14, 1- 72)

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Él respondió: «Tú lo dices.»

Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:

«¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»

Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:

«¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»

Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

«¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»

Ellos gritaron de nuevo:

«¡Crucifícalo!»

Pilato les dijo:

«Pues ¿qué mal ha hecho?»

Ellos gritaron más fuerte:

«¡Crucifícalo!»

Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

«¡Salve, rey de los judíos!»

Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:

«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»

Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:

«A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»

También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:

«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»

Que significa:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

«Mira, está llamando a Elías.»

Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

«Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»

Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

«Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

REFLEXIÓN – Carina Ramos. Novicia Oblata

El evangelio de este Domingo de Ramos nos presenta una amplia variedad de personajes, escenarios y diálogos que nos invitan a contemplar un año más el episodio de la Pasión desde ángulos muy distintos: Los sumos sacerdotes y escribas que velan por sus intereses, Barrabás, Pilato, la gente que grita que se le crucifique, la que pasa indiferente, Simón de Cirene que ayuda a cargar la cruz, el centurión que reconoce en Jesús al Hijo de Dios…

A lo largo de este pasaje observamos cómo actúan las distintas personas que están alrededor de Jesús, cuál es la posición que toman ante su juicio y posterior muerte. Para nosotros hoy sigue siendo una invitación a reflexionar qué posición tomamos ante las situaciones dolorosas de nuestro mundo, de la sociedad en la que estamos inmersos. Si queremos que nuestra mirada sea de indiferencia, interesada, o por el contrario, queremos ayudar a cargar la cruz de los demás, tener una mirada de esperanza.

Esta semana a la que damos comienzo puede ser una oportunidad para caminar con Jesús, para dejarnos iluminar por los distintos momentos que vamos a rememorar, tratando de tomar partido, y sabiendo que el camino no finaliza en la muerte en la cruz, sino que nuestro horizonte está abierto a la esperanza de la resurrección.

Reflexión primer domingo de adviento. 30 de noviembre de 2014

Marcos 13, 33-37

En aquel tiempo dijo Jesús: ¡Permaneced despiertos y vigilantes, porque no sabéis cuándo llegará el momento. Esto es como un hombre que, a punto de irse a otro país, deja a sus criados a cargo de la casa. A cada cual le señala su tarea, y ordena al portero que vigile. Así que permaneced despiertos, porque no sabéis cuándo va a llegar el señor de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la mañana. ¡Qué no venga de repente y os encuentre durmiendo! Y lo que os digo a vosotros se lo digo a todos: ¡Permaneced despiertos!”

farolas

Comentario

(Carmen Ortega, Oblata)

“Permaneced despiertos y vigilantes”

Permanecer, mantenerse en el tiempo, y hacerlo despiertos y vigilantes, porque no sabemos cuándo llegará el momento. Esta es la llamada que se nos hace al abrir la puerta del Adviento, un tiempo ofrecido para celebrar la esperanza.

Se trata de incorporar en nuestras vidas algunas actitudes que nos ayuden a transitar nuevos caminos. El Señor que viene se hace el encontradizo, en cada uno de nuestros momentos, estemos despiertas o dormidos. Es un señor aparentemente exigente, porque quiere que nos mantengamos vigilantes, sorprende la confianza que deposita y que no sea importante el resultado de la tarea encomendada, lo verdaderamente urgente es permanecer en vela.

Permanecer es escuchar el paso del tiempo en el transcurrir de la vida, en sus apelos y exigencias. Y acogerlas desde el compromiso de la entrega.

Despertar es salir del sueño que enajena, espabilar memoria y miradas, y practicar el ejercicio de aplicar colirios, no vaya ser que despiertas ni veamos ni salgamos al encuentro de la vida que se impone. Arriesgar lo que uno es por lo que puede ser.

Vigilar como el centinela que, de tanto esperar, en tensión, despierta la aurora. Vigilar con prudencia, atentas al mínimo detalle, vigilar con prontitud y arrojo, dispuestos a enfrentar la vida.

El juego de la liturgia nos convoca alrededor de la luz progresiva, para sumar momentos de espera, de encuentro, de mudanza y construcción; caminando vigilantes, despiertas, hacia la meta del que se hace y permanece, fiel, en lo pequeño.